martes, 15 de febrero de 2011

Cosas de Familia: Don Pío (1)

Portada de una temprana recopilación delas historietas de Don Pío, de la serie Magos del Lápiz
José Peñarroya nació en Focall (Castellón) en 1910, pero a los dos años su familia se traslada a Barcelona y allí vivió hasta su muerte en 1975. En 1947 ingresó en Bruguera, tras pasar por los estudios de animación Chamartín, junto a compañeros como Escobar, Cifré o Iranzo.

Es en este año cuando de produce el lanzamiento definitivo de la revista Pulgarcito, bajo la dirección de Rafael González, regularizando la periodicidad de la publicación que había nacido en 1921. Se puede decir que el Pulgarcito legendario fue llevado a lo que fué por las obras de Cifré, Peñarroya, Escobar, Iranzo, Nadal, Jorge, Conti  y Vázquez, que desplegaron en sus páginas una caricatura mordaz de la sociedad del momento, a través de una serie de personajes que actúan como paradigmas y arquetipos de casi todos los niveles de la sociedad, ya que sus desventuras se repiten, semana tras semana, con una variación mínima, siempre basada en la premisa inicial. En las historietas de un solo personaje una característica que le define le aboca irremediablemente, debido a esa particularidad, al fracaso y, por ende, al detonante de nuestra sonrisa. En el caso de Don Pío, la eterna guerra de sexos, la oposición marido-mujer, aderezada, eso sí, con todos las circunstancias que jalonan la vida diaria.
Un primitivo D. Pío lleno de buenas intenciones y aún sin pajarita recibe por todos los lados. Destaca la actitud de una Dña Benita explotadora y agresiva.

Un D. Pío atípico, que salió de juerga y parece soltero.  Dudo de que sea el verdadero Don Pío.

Un Don Pío patético, con un aspecto muy de Charlot, es maltratado por Dña. Benita. Nada le sale bien, es lo que llamaríamos actualmente un "calzonazos" de cuidado.
Fijándonos en las primeras historias de entonces, centrándonos en este caso en las de Don Pío, podemos apreciar una fluidez y dinamismo en los dibujos que hacen que se note que procedían de influencias de la animación. Esta circunstancia es determinante para el aspecto renovado que presentan estas historietas, dado que su narrativa se hace más fluida, en abierto contraste al anterior período. Según declaraciones de Peñarroya: “Todos nosotros abandonamos el dibujo estático para llegar a un movimiento mucho mayor, exigido por el trabajo cinematográfico”. Los personajes tienen una vitalidad tal, que cuando corren se elevan sobre el suelo, o bien se representa su velocidad sustituyendo las piernas por una gran espiral o múltiples piernas; la rabia o la alegría se expresan con saltos de varios metros, capaces de romper la línea superior de la viñeta, y si alguien se lleva un chasco, es frecuente representarlo hundiéndose en el suelo. Los chichones se hacen de gran tamaño y los vendajes cubren todo el cuerpo. Con la exageración de todos estos rasgos se consigue potenciar la comicidad. Otro aspecto destacable es el de la deformación caricaturesca, que llega a ser extrema. Las historietas de Pulgarcito están plagadas de hombres bajitos con grandes narices y de chicas esbeltas y muy estilizadas. De tal contraste surgirá el efecto cómico. Un avance decisivo sobre las historietas de la década anterior es que los textos ya no van rígidamente encorsetados en cartuchos bajo la viñeta, sino en globos de diálogo e integrados en la narración. Otros recursos como las onomatopeyas, el lenguaje y los signos icónicos (plancha, bombilla encendida o corazones rotos para designar respectivamente chasco, idea brillante o un desengaño amoroso, hoy perfectamente identificables, tienen su origen en estas historietas), completan la capacidad expresiva del nuevo estilo gráfico. El resto de autores, por asimilación, no se queda a la zaga en esta nueva tendencia, exceptuando a Manuel Urdá, cuyo estilo más bien estático casaba mejor en el TBO. Quizá por ello dejó pronto de colaborar en el semanario Bruguera para centrarse en el de la competencia.
Don Pío empieza a dar pena, y Doña Benita grima.

¿Pero cómo se puede ser tan desgraciado? ¡Menuda arpía!

No puede ni ser un héroe, un tipo tan pusilánime.
Era egoista la tía...
Tal vez los estilos de los dibujantes de Pulgarcito son más parecidos entre si, con sutiles diferencias, que se irán acentuando conforme evolucionen las maneras artísticas de cada uno. En el caso de Peñarroya, en esta primera etapa, los personajes se movían con una notable fluidez, y las líneas cinéticas resaltaban el conjunto. A partir de los años sesenta, hay un predominio de las líneas rectas y duras y círculos casi perfectos, que propician un mayor estatismo y una menor agilidad, aunque más rotundidad. Es un estilo único y atribuible completamente a Peñarroya.
¿Son imaginaciones mías, o Dña Benita empieza a humanizarse?

La verdad es que aquí si que la ha fastidiado el pobre..

O apaleado o en la cárcel, vaya vida!
Peñarroya  dibujaba y contaba cosas cotidianas, sus vivencias y las de las gentes que le rodeaban. Don Pío  es la caricatura del hombre normal, de la calle, envuelto en situaciones cotidianas. De ahí probablemente su éxito entre las clases medias, las principales receptoras del tebeo en la posguerra. El propio autor le destaca de entre todos los de su producción, junto a Gordito Relleno: “Cuando creé a Don Pío, este personaje era un poco como yo, entonces... tenía mis problemas, pasaba mis apuros... Gordito Relleno es un tipo buenazo, aunque tontorrón sin remedio, el pobre. Pensándolo bien, tal vez sean estos dos mis preferidos.” (Entrevista en Pulgarcito extra 50 aniversario, Bruguera, 1971).

Empieza a parecerse un poco al D. Pío y Dña Benita que conocemos los "jóvenes", ya no hay violencia y la historia es más amable.Dña Benita ya es rubia.
Ya con Pepito, D. Pío parece a salvo de recibir más palos, pero no del bochorno de sus fracasos.
Don Pío y Doña Benita forman un matrimonio típico de la posguerra española, que vive las miserias de una familia de clase media con sus aspiraciones de mejorar su status social y la necesidad de aparentar, y terminando cada página sin conseguir sus propósitos de mejora social.
Don Pío es un hombre apocado y tímido, el arquetipo del hombre medio español de la época: Un José Luis López Vázquez bajito, rechoncho, calvo, con un pequeño bigote, débil de carácter y oficinista del montón, que solía cubrirse con un bombín, como un trasunto de Charlot a la española. Sin ambiciones, prudente y bondadoso, siempre serio, sin concesiones a la sonrisa; servidor de un jefe tirano al que pedía constantemente aumentos de sueldo y que constantemente le denegaba. Tiranizado también por  su esposa, más grande y fuerte que él, doña Benita, señora entrada en carnes (al principio sobre todo), enérgica, autoritaria, con ansias de aparentar y ascender socialmente, cuyas máximas ilusiones eran la ropa cara y los abrigos de pieles. El desdichado debe hacer horas extras para satisfacer los caprichos de su mujer y aguantar sus berrinches por no haber sabido darle una vida más cómoda. 

D. Pío de Rodríguez, ni por esas se salva de la catástrofe.
Ya vemos que no es sólo Dña. Benita la que saquea la cartera de su esposo.
Como trasfondo de la historieta queda la crítica irónica y a veces sarcástica de la institución más sagrada, pilar del régimen franquista, el matrimonio. Los errores, chascos y patinazos, los “tierra trágame”, los reproches de Doña Benita a su marido, la vida de pareja y los problemas conyugales naif fueron desde un principio el eje fundamental de las historias, menos fundamentadas en el gag que en la “plancha” final, plasmando más el costumbrismo que, en sus primeros tiempos era amargo y nada ingenuo,  y apostaba por la puesta en escena de todo aquellos momentos difíciles de la convivencia que nunca se cuentan.
Vaya...¿Despiste? Total, Don Pío siempre viste igual...

Desgraciado también en el trabajo aunque no esté trabajando.

Otra en la oficina, siguiendo consejos a destiempo.


Continuación de la anterior, en realidad un uso frecuente en Bruguera "fingir" que la historia era más larga uniendo dos o más independientes. Nótese el espacio que ocupaba originalmente la cabecera, ocupado ahora por un "y al otro día..."
Esta acritud se fue mitigando a partir de la intervención de una censura que no podía permitir una representación de la familia que no integrara los mensajes de felicidad que se esperaban de la institución. A partir de mediados de los 50, Peñarroya rebajó el tono de las historias con la inclusión del sobrino de la pareja llevándolas a un terreno más infantil, pero sin perder ese tono costumbrista. La llegada de un sobrino, Luisito, un niño bueno y modosito que adquiere el rol del hijo que los Pío no han tenido nunca y, como tal, actúa como elemento conciliador de la pareja, no ya únicamente en la ficción, sino también de cara a la censura, que no podía consentir en aquella época desavenencias matrimoniales ni tiranías femeninas. Por cierto que la aparición de Luisito es un requiebro surrealista. Un hijo que en realidad es un sobrino porque no se podía mostrar el embarazo de Benita- y mucho menos dejar presuponer la causa del mismo-, y tan repetido por motivos tan mojigatos en, por ejemplo, las historietas Disney de El Pato Donald: ¿De dónde salen los tres sobrinos? ¿Son huérfanos? ¿Si son sobrinos también de Daisy, Donald es familia suya? ¿Y entonces, qué tipo de noviazgo es ese? Cierto es que, por ejemplo, Zipi y Zape tenían padres: Don Pantuflo y Doña Jaimita Zapatilla. Pero estos ya eran padres e hijos antes de la virulenta censura; es más, ya estaban presentes desde su “nacimiento”, por generación espontánea. Creced y multiplicaos, si, pero no dejéis que nadie piense en el método a seguir para tan sagrada directriz.
Tanto trabajar... para que se dilapide el dinero en caprichitos, y encima con pieles!

De portada del Pulgarcito. Al menos ya no acaba en la cárcel como la otra vez que se pone a cocinar.

Un tipo tan pazguato no se puede permitir ser pícaro

Chasco tras chasco
En los últimos tiempos de la serie, lejano ya el nacimiento en Pulgarcito de la familia de Don Pío, y las circunstancias de entonces estaban cambiando: el progreso de las clases medias hacia una sociedad de consumo en la época del desarrollismo. Las historietas de Don Pío reflejaron los esfuerzos del ciudadano medio por adaptarse a los nuevos tiempos. Otra época, otras necesidades: los plazos del televisor, la lavadora, el coche y hasta las vacaciones veraniegas en algún pueblecito costero.... serán los nuevos retos a afrontar por el sufrido Don Pío para contentar a su esposa. Por otra parte, si bien en la oficina es el antiguo empleado de confianza, no termina de conseguir el ascenso definitivo. 


No prosperan por mucho que lo intenten

A partir de entonces, Las historietas seguirán un mismo patrón con variaciones mínimas: excursiones domingueras, pequeños conflictos caseros... las andanzas del trío se suavizan tanto, que el fondo testimonial terminará por desaparecer y quedará únicamente una historieta familiar más, con alusiones puntuales a la cotidianeidad de cada momento.
El humor de Peñarroya es sutil, nadie se ríe a carcajadas con las páginas de Peñarroya (por lo general). Pero la sonrisa que hizo esbozar a tantos lectores y el testimonio de lo que fue una época en muchos aspectos más amable en lo que concierne a la cotidianidad del hombre de a pié es lo que le hace que debamos apreciarla más de lo que me da la sensación que fue estimada; no es un tebeo sin más como concepto peyorativo que muchos ignorantes (o desconocedores) le asignan. Es parte de las vidas de nuestros padres, es parte de nuestras vidas.





1 comentario:

  1. Me quito el sombrero, nos has regalado un magnífico monográfico. Excelentes los análisis de la progresiva suavización de argumentos y escenas, de la evolución del estilo de dibujo y de la antinatural irrupción del sobrino Luisín.

    Aunque sea meramente anecdótico, querría comentar el detalle de las dos historietas de una página encadenadas en la republicación para formar una de dos páginas. En el caso que nos has mostrado, el espacio de la cabecera de la segunda historieta ha quedado llamativamente vacío, lo cual «da bastante el cante», pero una práctica frecuente era el dibujar ahí una viñeta de transición que vinculaba las dos historietas. A menudo esta viñeta corría a cargo de un «chimpa», con la consecuente desvirtuación del diseño de los personajes, lo que hacía este artificio aún más ostensible si cabe.

    ResponderEliminar